Archivar paraAgosto 19, 2008

El Corsario

Del negro abismo de la mar profunda

sobre las pardas ondas turbulentas,

son nuestros pensamientos como él, grandes;

es nuestro corazón libre, cual ellas.

Do blanda brisa halagadora expire,

do gruesas olas espumando inquietas

su furor quiebren en inmóvil roca,

ved nuestro hogar y nuestro imperio. En esa

no medida extensión, de playa a playa,

todo se humilla a nuestra roja enseña.

Lo mismo que en la lucha en el reposo

agitada y feliz nuestra existencia,

hoy en el riesgo, en el festín mañana,

brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.

¿Quién describir pudiera nuestros goces?

¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,

siervo de los deleites, que temblaras

de las montañas de olas en la incierta,

móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,

del hastío sumido en la indolencia,

a quien ya el sueño bienhechor no halaga,

a quien ya los placeres no deleitan.

Sólo el infatigable peregrino

de esos caminos líquidos sin huellas,

cuyo audaz corazón, templado al riesgo,

al sordo rebramar de la tormenta

palpitando arrogante, hasta la fiebre

del delirio frenético en sus venas

sintiese hervir la sangre enardecida,

nuestros rudos placeres comprendiera.

Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,

y sólo por luchar la lucha anhela

el pirata feliz, rey de los mares.

Cuando ya el débil desmayado tiembla,

se conmueve él, apenas… se conmueve

al sentir que en su pecho se despierta

osada la esperanza, que atrevida

su corazón para el peligro templa.

¿Qué es a nosotros la temida muerte

como el rival odioso también muera?

¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo…

cobarde, eterno, aborrecible… ¡Sea!

Serenos aguardémosla. Apuremos

la vida de la vida, y después venga

fiebre traidora o descubierto acero

implacable a romper su débil hebra.

Cobardes otros, de vejez avaros,

revuélquense en el lecho que envenena

dolencia inmunda, y el impuro ambiente

con flaco pecho aspiren y fallezcan

luchando con la muerte… ¡Oh, no a nosotros

fúnebre lecho de agonía lenta;

¡césped fresco es mejor…! Y mientras su alma

sollozo tras sollozo tarda quiebra

los nudos de la vida, de un impulso

sus ligaduras rompe y se liberta

osado nuestro espíritu. Sus restos

del blanco mármol de su tumba estrecha,

grabado por el mismo que su muerte

hipócrita anhelaba, se envanezcan:

Cuando sepulte el mar nuestro cadáver

le bastará una lágrima sincera,

¡una lágrima sola! Henchido el vaso

del alegre festín en la ancha mesa

honra de nuestros bravos la memoria.

Corto epitafio su valor celebra

cuando en el día augusto del peligro,

al repartir el vencedor la presa,

recuerdo de dolor su frente anubla

y con voz ronca que insegura tiembla:

«¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha

los valientes que han muerto compartieran!»

Así grito salvaje en sordo acento

repite el eco en las cortadas peñas

del islote escarpado del Corsario,

do del vivac se apagan las hogueras;

y en alegre cantar sus agrias notas

de los piratas al oído suenan.

En pintorescos grupos esparcidos

de fresca playa en la dorada arena,

aguzan unos sus puñales; otros

alegres ríen, bulliciosos juegan,

o sus fieles alfanjes desnudando

indiferentes, sin afán, contemplan

la sangre que los mancha. Precavidos

otros, con mano previsora pliegan

las anchas velas del bajel osado,

o el negro flanco recomponen; mientras

pensativos algunos por la orilla,

de las olas al son, lentos pasean.

A quien aguija de inquietud oculta

el afán incesante, allá en las quiebras

de las ásperas rocas, lazos tiende

a las marinas aves, o al sol seca

la red humedecida; y en la mancha

que del mar en los límites blanquea,

con los ojos de la ávida esperanza

del incauto bajel mira las velas.

De cien noches de horror y de combate

los lances con placer todos recuerdan.

Y de luchar ansiosos se preguntan:

«¿En dónde buscaremos nuevas presas?»

¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,

y basta, el capitán. Fiel obediencia

es su único deber: saben que nunca

les faltará el botín, y más no anhelan.

¿Y quién es ese capitán? Su nombre

pronuncian en voz baja y lo respetan

cuantos habitan las hermosas playas

que aquellas olas complacidas besan:

y más no saben, ni saber más quieren

Les basta un gesto, una mirada. Apenas

oyen su voz. De sus banquetes rudos

no anima el regocijo su presencia.

Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos

acusar sus desdenes? Jamás llenan

para él la roja copa: indiferente

la mira y a sus labios no la acerca;

y es su sobrio manjar, que desdeñara

el más grosero de su banda, y fue

a ermitaño frugal ración escasa,

secas raíces de silvestres yerbas,

rústico pan y los jugosos frutos

que brinda el árbol en sus ramas tiernas.

El impuro placer de los sentidos

desdeñoso su espíritu desprecia,

¿Será que su energía no domada

de esa abstinencia misma se alimenta?

«Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.

«A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.

«¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!

Así a su voz, que imperativa ordena,

sigue la acción; y todos obedecen,

Y su oculta intención nadie penetra.

Si suena escrutadora una palabra,

una mirada de desprecio muestra

de su temida indignación un rayo:

no sabe dar su orgullo otra respuesta.

George Gordon Byron
El Corsario
(Poema)
Primer poeta inglés del siglo XIX