Leyes Piratas

Los 10 Artículos de la Piratería

1. Cada hombre tiene un voto en las decisiones del momento; tiene derecho de igual a igual en el reparto de provisiones frescas, o los licores fuertes, al menos que por escasez y el bien de todos se vote una reducción.

2. Cada hombre obedecerá el mando; el capitán tendrá una parte completa y una mitad en todos los premios . El intendente, el carpintero, el navegante, y el artillero tendrán una parte y cuarto. Una falta leve (una pelea, o el incumplimiento de una orden) suele castigarse con un número determinado de azotes. Una falta más grave, como el robo, el asesinato o la delación se castiga con la ejecución, la amputación de nariz y orejas o el “maroon’d”.

Marron’d: Acto del castigo. Consiste en ser abandonado solo en una isla. La mayoría de los transgresores prefirieron una muerte rápida a maroon’d, porque podría significar el hambre o peor, el aislamiento por años hasta su rescate o muerte.

3. Si cualquier hombre entorpece el funcionamiento de la compañía o guarda cualquier secreto , él será marroon’d y castigado de forma severa por el capitán y la compañia.

4. Si cualquier hombre roba y miente a la compañía, él será marroon’d y sera castigado severamente por el capitán y el resto de la compañia.

5. Si se descubre que un hombre firma y se compromete para su beneficio, sin consentimiento de la compañía, sufrirá el castigo que le aplique el Capitán y la compañía

6: Si ese hombre impulsará otro a tropelía y deslealtad, mientras que estos artículos están en vigor, recibirá la ley de Moses (que es 40 rayas) sobre la parte posterior con el gato de siete colas.

7. Ese hombre se encerrará solo en presión aislamiento, sin licores fuertes, ni pipa para fumar, sin linterna, solamente se le dará una vela y sufrirá el mismo castigo que en el artículo anterior.

8. Si un hombre hace traición o villania y no mantiene su contrato. El castigo será tan espantoso que tanto el capitán y la compañia pensarán la forma de ajuste tras votación.

9. Si cualquier hombre pierde parte de un miembro en la época del contrato, él tendrá 400 pedazos de a ocho y si es el miembro entero, 800.

10. Si un hombre fuerza o violenta en cualquier momento a una mujer prudente sin su consentimiento, sufrirá la muerte.

El Corsario

Del negro abismo de la mar profunda

sobre las pardas ondas turbulentas,

son nuestros pensamientos como él, grandes;

es nuestro corazón libre, cual ellas.

Do blanda brisa halagadora expire,

do gruesas olas espumando inquietas

su furor quiebren en inmóvil roca,

ved nuestro hogar y nuestro imperio. En esa

no medida extensión, de playa a playa,

todo se humilla a nuestra roja enseña.

Lo mismo que en la lucha en el reposo

agitada y feliz nuestra existencia,

hoy en el riesgo, en el festín mañana,

brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.

¿Quién describir pudiera nuestros goces?

¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,

siervo de los deleites, que temblaras

de las montañas de olas en la incierta,

móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,

del hastío sumido en la indolencia,

a quien ya el sueño bienhechor no halaga,

a quien ya los placeres no deleitan.

Sólo el infatigable peregrino

de esos caminos líquidos sin huellas,

cuyo audaz corazón, templado al riesgo,

al sordo rebramar de la tormenta

palpitando arrogante, hasta la fiebre

del delirio frenético en sus venas

sintiese hervir la sangre enardecida,

nuestros rudos placeres comprendiera.

Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,

y sólo por luchar la lucha anhela

el pirata feliz, rey de los mares.

Cuando ya el débil desmayado tiembla,

se conmueve él, apenas… se conmueve

al sentir que en su pecho se despierta

osada la esperanza, que atrevida

su corazón para el peligro templa.

¿Qué es a nosotros la temida muerte

como el rival odioso también muera?

¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo…

cobarde, eterno, aborrecible… ¡Sea!

Serenos aguardémosla. Apuremos

la vida de la vida, y después venga

fiebre traidora o descubierto acero

implacable a romper su débil hebra.

Cobardes otros, de vejez avaros,

revuélquense en el lecho que envenena

dolencia inmunda, y el impuro ambiente

con flaco pecho aspiren y fallezcan

luchando con la muerte… ¡Oh, no a nosotros

fúnebre lecho de agonía lenta;

¡césped fresco es mejor…! Y mientras su alma

sollozo tras sollozo tarda quiebra

los nudos de la vida, de un impulso

sus ligaduras rompe y se liberta

osado nuestro espíritu. Sus restos

del blanco mármol de su tumba estrecha,

grabado por el mismo que su muerte

hipócrita anhelaba, se envanezcan:

Cuando sepulte el mar nuestro cadáver

le bastará una lágrima sincera,

¡una lágrima sola! Henchido el vaso

del alegre festín en la ancha mesa

honra de nuestros bravos la memoria.

Corto epitafio su valor celebra

cuando en el día augusto del peligro,

al repartir el vencedor la presa,

recuerdo de dolor su frente anubla

y con voz ronca que insegura tiembla:

«¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha

los valientes que han muerto compartieran!»

Así grito salvaje en sordo acento

repite el eco en las cortadas peñas

del islote escarpado del Corsario,

do del vivac se apagan las hogueras;

y en alegre cantar sus agrias notas

de los piratas al oído suenan.

En pintorescos grupos esparcidos

de fresca playa en la dorada arena,

aguzan unos sus puñales; otros

alegres ríen, bulliciosos juegan,

o sus fieles alfanjes desnudando

indiferentes, sin afán, contemplan

la sangre que los mancha. Precavidos

otros, con mano previsora pliegan

las anchas velas del bajel osado,

o el negro flanco recomponen; mientras

pensativos algunos por la orilla,

de las olas al son, lentos pasean.

A quien aguija de inquietud oculta

el afán incesante, allá en las quiebras

de las ásperas rocas, lazos tiende

a las marinas aves, o al sol seca

la red humedecida; y en la mancha

que del mar en los límites blanquea,

con los ojos de la ávida esperanza

del incauto bajel mira las velas.

De cien noches de horror y de combate

los lances con placer todos recuerdan.

Y de luchar ansiosos se preguntan:

«¿En dónde buscaremos nuevas presas?»

¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,

y basta, el capitán. Fiel obediencia

es su único deber: saben que nunca

les faltará el botín, y más no anhelan.

¿Y quién es ese capitán? Su nombre

pronuncian en voz baja y lo respetan

cuantos habitan las hermosas playas

que aquellas olas complacidas besan:

y más no saben, ni saber más quieren

Les basta un gesto, una mirada. Apenas

oyen su voz. De sus banquetes rudos

no anima el regocijo su presencia.

Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos

acusar sus desdenes? Jamás llenan

para él la roja copa: indiferente

la mira y a sus labios no la acerca;

y es su sobrio manjar, que desdeñara

el más grosero de su banda, y fue

a ermitaño frugal ración escasa,

secas raíces de silvestres yerbas,

rústico pan y los jugosos frutos

que brinda el árbol en sus ramas tiernas.

El impuro placer de los sentidos

desdeñoso su espíritu desprecia,

¿Será que su energía no domada

de esa abstinencia misma se alimenta?

«Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.

«A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.

«¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!

Así a su voz, que imperativa ordena,

sigue la acción; y todos obedecen,

Y su oculta intención nadie penetra.

Si suena escrutadora una palabra,

una mirada de desprecio muestra

de su temida indignación un rayo:

no sabe dar su orgullo otra respuesta.

George Gordon Byron
El Corsario
(Poema)
Primer poeta inglés del siglo XIX





Hermandad de la Costa

Ni prejuicios de nacionalidad ni de religión era la primera regla. las guerras periódicas entre países europeos no debía perturbar la armonía de la cofradía

Cuando un capitán ancla en la isla, pierde el derecho sobre su embarcación. Quien preparase una expedición podía utilizar las naves que calaban en Isla Tortuga. Estas expediciones se votaban entre los miembros de la Hermandad

Prohibido desembarcar mujeres. A esto se había llegado luego de serias disputas por algunas de ellas. Pero la prohibición se refería exclusivamente a mujeres blancas.

Sus derechos y deberes.

Contra la tiranía, libertad. Se hace hincapié en evitar la tiranía, y para ello potencian la libertad de cada individuo.

La recompensa debe ser justa para cada uno de los participantes en una expedición. En la Hermandad había unos “sueldos” ajustados a la labor de cada uno de los hermanos en el barco, al número de personas y al botín obtenido. Había también dinero compensatorio para aquellos que habían resultado heridos en la expedición. Así, un bucanero que sufría la pérdida de su brazo derecho, debía cobrar seiscientas piezas de ocho (quinientas si era el brazo izquierdo); los que perdían la pierda derecha tenían derecho a quinientas piezas de ocho (cuatrocientas si era la izquierda). Finalmente, si perdían algún ojo, se les debía dar cien piezas de ocho.

Existía también otro grupo de poder, El consejo de ancianos. Estaba formado por los hombres más veteranos y sabios, eran quienes velaban por la pureza de la cofradía. También se dedicaban a observar y determinar que los nuevos hermanos estaban preparados para formar parte de la cofradía. El nuevo hermano se arriesgaba a ser rechazado o por el contrario le admitían por su compenetración con el grupo.

Le Vasseur llegó a Tortuga en Agosto de 1642, trayendo cien hombres y un buen número de bucaneros que había recogido de La Española. Después de una cruenta batalla, los ingleses que se habían apoderado de la isla fueron expulsados.

Los españoles veían con miedo lo que ocurría en Tortuga: diariamente más y más franceses llegaban a la isla. Temían que, llegado el momento, los franceses tuvieran una fuerza lo suficientemente importante para forzar a los españoles a abandonar La Española como ellos mismos habían hecho en Tortuga. Y así, a los pocos meses de haber terminado la construcción de la fortaleza, los Españoles mandaron barcos con quinientos hombres con órdenes de destruir el fuerte. La artillería se apostó cerca del fuerte, pero los cañones de la fortaleza hundieron a uno de los barcos dispersando al resto. Cuando las tropas españolas consiguieron llegar a la costa, una emboscada cayó sobre los soldados, matando al menos a doscientos y obligando al resto a volver a La Española.

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